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Niño de 5 años (Parte 1)

El niño de cinco años ya recorrió un largo camino por el sinuoso y ascendente sendero del desarrollo. Deberá viajar aún quince años para llegar a ser adulto, diagnosis pero ha escalado ya la cuesta más escarpada y ha llegado a una meseta de suave pendiente. Si bien no es aún –de ninguna manera– un producto terminado, muestra ya indicios del hombre (o de la mujer) que ha de ser en el futuro. Sus capacidades, sus talentos, sus cualidades temperamentales y sus modos distintivos de afrontar las exigencias del desarrollo, todos se han puesto ya de manifiesto en grado significativo. Lleva ya el sello de su individualidad.

Pero también corporiza en su joven persona rasgos generales y tendencias de conducta características de una etapa del desarrollo y de la cultura a la cual pertenece. Estos rasgos subyacentes que saturan su comportamiento, constituyen la esencia de sus cinco años. Ellos constituyen los rasgos de madurez que le hacen algo diferente del niño de cuatro y del niño de seis años.

Cinco es una edad nodal y también una especie de "Niña de 5 años jugando en pastos altos"edad de oro, tanto para los padres como para el niño. Durante un breve período, la corriente del desarrollo fluye con suavidad. El niño se contenta con organizar las experiencias recogidas –algo desperdigadamente– en su menos circunspecto cuarto año. El expansivo niño de cuatro años se salía constantemente de sí mismo para relacionarse con el ambiente, arremetiendo contra él de manera casi atolondrada. Por el contrario, el niño de cinco años es dueño de sí mismo, reservado, y su relación con el ambiente se plantea en términos amistosos y familiares. Ha aprendido mucho, ha madurado. Se dedica a consolidar sus ganancias antes de hacer incursiones más profundas en lo desconocido. Hacia los cinco años y medio, se hará evidente una nueva forma de desasosiego evolutivo.

Hasta entonces se produce un interludio durante el cual el niño se siente a sus anchas en su mundo. ¿Y qué es su mundo? Es un mundo de aquí y de ahora: el padre y la madre, especialmente la madre; su asiento en la mesa, a la hora de la comida; sus ropas, particularmente esa camiseta de la que se siente tan orgulloso; su triciclo; el patio de los fondos de la casa, la cocina, su cama, la farmacia y la tienda de la esquina (o el granero y el establo, si es lo suficientemente afortunado para vivir en el campo); la calle y quizá la gran sala del parvulario, llena de otros niños y con otra señora buena. Más si su universo tiene un centro, ese centro lo ocupa la madre.

El niño no tolerará siquiera un jardín de infantes si éste le impone demasiadas exigencias nuevas. No se halla ahora en una fase exploratoria del desarrollo. Demuestra una saludable intolerancia hacia el exceso de magia y el exceso de cuentos de hadas. Acaba, simplemente, de descubrir su mundo concreto y éste contiene suficientes novedades y realidades por mérito propio.

Se acentúa, incluso, su tendencia a permanecer en la casa, no debido a una dependencia anormal, sino porque el hogar es una institución compleja que atrae y satisface su atención. Se siente feliz jugando durante horas en la casa, con todas sus domesticidades, lo que no debe considerarse como un descrédito para su desarrollo. Y no debemos sorprendernos si, en el jardín de infantes, goza especialmente con la dramatización de situaciones domésticas. Debe tratar que el mundo familiar le resulte más familiar; el mundo familiar es todavía para él, algo nuevo.

También su infancia es relativamente reciente en el tiempo. Le agrada que su madre le relate las experiencias que debió atravesar en la primera infancia; se dirige a su hermana más pequeña en la media lengua de los bebés. Todo esto le ayuda a separarse más definitivamente de su infancia y a identificarse más completamente con el medio actual, inmediato, que le rodea.

Su relación con el ambiente es muy personal. El niño no está aún maduro para el alejamiento conceptual y las emociones abstractas a que aspira la ética adulta. Posee un sentido relativamente fuerte de la posesión; con respecto a las cosas que le gustan, demuestra incluso un orgullo de posesión; mas siempre son referencia a lo suyo propio. No tiene una noción general de la propiedad. Tiende a ser realista, concreto y a hablar y pensar en primera persona, sin llegar a ser, empero, agresivo o combativo. ¿Corren los perros?, fue la pregunta que se formuló a un niño de cinco años. ¡Yo no tengo perro!, fue su cortés respuesta.

Sin embargo, dentro de los límites de lo familiar y de una zona estrecha de lo desconocido, planteará preguntas propias: ¿Para qué sirve? ¿De qué está hecho? ¿Cómo funciona? ¿Por qué viene el autobús por este camino? –son las preguntas favoritas.

El niño de cinco años produce una impresión favorable de competencia y estabilidad, porque es capaz de concentrar su atención sin distraerse y porque sus exigencias no son excesivas. Le agrada comportarse bien dentro del reino de sus posibilidades. Aunque sus juegos espontáneos no son estereotipados, tiende a restringirlos a pequeñas variantes conservadoras sobre unos pocos temas. Pero estas variantes son numerosas y, con el tiempo, proporcionan beneficios evolutivos de importancia.

La autolimitación es casi tan fuerte como la autoafirmación. En consecuencia, el niño pide ayuda a los adultos, cuando la necesita. Le agrada asumir pequeñas responsabilidades y privilegios a los que puede hacer plena justicia. Se le maneja mejor sobre esta base que desafiándole a realizar esfuerzos que escapan todavía a sus fuerzas. Si se le exige demasiado, puede reaccionar con pequeños arranques de resistencia o de sensibilidad; más rápidamente recupera su habitual porte equilibrado. Hay en él, a menudo, una vena de seriedad. Delibera mucho más que un niño de cuatro años. Piensa antes de hablar.

A pesar de ello, el niño de cinco años puede tener sentido del humor. Le agrada proyectar bromas sorpresa, aun en el dominio de la conducta moral. El padre le pregunta: “¿Has comido tu cena?”; su respuesta es ¡No!, revelando ya, por anticipado, el placer que obtendrá del descontento paterno. Y agrega ¡No, no quiero! Inmediatamente, para gran alegría de todos, la investigación revela que ya ha comido su cena, sin dejar ni pizca.

Los niños de cinco años gustan de acomodarse a la cultura en la que viven. Su actividad espontánea tiene a realizar bajo un buen dominio de sí mismo. Buscan el apoyo y la guía de los adultos. Aceptan la ayuda de los adultos para salvar las transiciones que no les son familiares. Se muestran ansiosos por saber cómo hacer las cosas que están dentro de sus posibilidades. Les agrada ser instruidos, no tanto para gustar a sus mayores como para sentir las satisfacciones del logro personal y de la aceptación social. Les gusta practicar la conversación social de pedir permiso y de esperar un permiso formal. Los cinco años constituyen una edad de conformidad, comprendida en la pregunta: ¿Cómo se hace?

Esta docilidad no significa, pese a todo, que el niño de cinco años -con todos sus rasgos atractivos- sea un individuo altamente social. Está sumergido harto profundamente en su mundo como para poder tener una percepción discriminada de sí mismo entre sus pares y entre sus superiores. Sus juegos colectivos se limitan, por lo general, a un grupo de tres y se organizan teniendo como preocupación principal los fines individuales, más que los fines colectivos. Niños y niñas se aceptan mutuamente con libertad, independientemente del sexo, aunque sin competencia jerárquica en cuando a quién ha de desempeñar el papel de la madre y quién el del bebé en el juego de la casa. Al no ser indebidamente agresivo y adquisitorio, el niño de cinco años tiende a establecer relaciones pacíficas con sus compañeros en los juegos colectivos sencillos.

La ligazón emocional con la madre es fuerte. La obedece fácilmente; gusta de ayudarla en la casa; goza cuando ella lee para él en voz alta. Si las cosas van mal, puede proyectar la culpa sobre ella, acusándola de mamita mala. Por otra parte, siempre responderá al castigo por parte de ella con un cambio temporario de conducta.

Como es lógico suponer, estos modos emocionales están sujetos a grandes variaciones individuales; pero sugieren una firme orientación matriarcal. Después de todo, la madre es una figura de suma importancia en el pequeño mundo del niño de cinco años. Ella es, evidentemente, el Gran Agente Ejecutivo de la casa, de la que emanan todas las bendiciones y todas las autorizaciones. El niño está descubriendo los contornos del orden social, contornos que aparecen por primera vez en el hogar. ¡Y señala su nueva concepción sociológica proponiendo matrimonio a su madre!

Esta petición refleja tanto las limitaciones intelectuales cuanto los modos emocionales de un típico niño de cinco años. Este individuo representa una interesante combinación del ayer y del mañana, pero comprende el yo-aquí-ahora mejor que el tú-allí-luego. Está sumergido tan por completo en el cosmos que no tiene conciencia de su propio pensamiento como proceso subjetivo separado del mundo objetivo. En su propia persona puede distinguir la mano derecha de la izquierda; pero carece de ese pequeño exceso de proyectividad que le permitiría distinguir la derecha de la izquierda en otra persona. Si bien es cierto que comienza a usar palabras fácilmente, se halla tan absorto por el cosmos que no puede suprimir su propio punto de vista para comprender –por reciprocidad– el punto de vista de los demás. Sin embargo, posee un sentido elemental de la vergüenza y de la desgracia. Busca el afecto y el aplauso. Le agrada escuchar que hace bien las cosas. Le gusta traer a casa algo hecho en la escuela.

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Fuente: Arnold Gesell y otros | El niño de 5 y 6 años

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Un comentario

  1. Mi hijo tiene cinco años y me llamó la atención el artículo. Es muy bueno la precisión con la cual el autor escribe sobre un niño de esta edad. Gracias por el artículo pero sobre todo por brindar a internet un sitio tan valioso como este. Ojalá que siga creciendo como hasta ahora.

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