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Un período de transformaciones

El período que va de los 13 a los 18 años es uno de los más importantes y decisivos de la vida de un joven. Hubo un tiempo en que se la llamó edad dichosa. Parece que en la actualidad, advice al haberse comprobado que los primeros años de vida no son menos decisivos para el destino de un ser, ha perdido un poquito esa característica. A pesar de todo, es innegable que estos años siguen siendo de fundamental importancia, ya que señalan el paso hacia el estado adulto y en ellos se realiza ese extraordinario acontecimiento que es la adolescencia.

Todo se transforma "Adolescente sosteniendo un skate"en estos espléndidos años: en primer lugar, el cuerpo, y luego la psique. Uno y otra se van conformando no sólo para la misión de vivir la vida con mayor plenitud y autonomía, sino también para transmitirla. Ese ser, que hace no mucho tiempo dependía en todo y para todo de sus padres, comienza a pensar de manera autónoma e independiente. Y mientras que hasta ayer le importaban casi exclusivamente los compañeros y las chicas le causaban enojo, ahora resulta que comienza a mirar a las compañeras de clase o de trabajo con ojos muy distintos, y ante su presencia vuela su fantasía y se encienden sus sentidos.

Entre los pueblo primitivos -y no solamente entre ellos (en la antigua Roma, cuando un joven llegaba a esta edad comenzaba a vestir la toga viril)- el comienzo de la adolescencia estaba acompañado de ceremonias que tenían como fin sostener al joven en sus funciones y robustecer su físico, dadas las pruebas que le esperaban. Frecuentemente, un período de segregación precedía a estas prácticas, durante el cual se le instruía sobre el uso de las armas, sobre los secretos de la tribu y sobre los misterios del sexo. A las jóvenes se las adiestraba en los quehaceres domésticos y se las orientaba sobre el nacimiento y la educación de los hijos; a veces, su iniciación concluía con la perforación de los cartílagos de la nariz y de las orejas, de donde colgaban trocitos de oro o de madera.

Nuestra civilización, que deja que el joven viva en soledad la tribulación de la adolescencia, tal vez se ha visto llevada a asumir esta actitud por un sentido de respeto hacia la vida íntima de la persona. En parte, es un escrúpulo justificado. Pero cuando un muchacho comprobaba que toda la comunidad lo sostenía en horas laboriosas debía sentirse muy aliviado, porque las transformaciones sobre el sexo y los compromisos que comporta le llegaban de hombres expertos y conscientes y no de compañeros tan desprevenidos como él, bien que con más iniciativa que él.

Pero la adolescencia no es sólo cuestión de sexo. El joven siente a lo largo de estos años que sus pensamientos y sentimientos parecen exasperarse, oscilar, hundirse, cambiar y recambiar. Se encuentra a la búsqueda de o que será su específica personalidad y aspira a un programa y a una meta segura que dé unidad y cohesión a su vida. Cuando haya aprendido todo sobre el sexo se encontrará todavía muy lejos de haber resuelto los innumerables problemas que la adolescencia le pone delante. Entre una vida concreta y utilitarista y una vida cargada de ideales, el joven que siente dentro de sí la adolescencia, anda en busca de su propio camino. Nadie, por desgracia y por fortuna, puede hacer sus veces en esta tarea. Es preciso que se fatigue él mismo y hasta que se equivoque: desembocará, con toda seguridad, en el estado adulto a poco que sus intenciones estén en consonancia con su naturaleza de hombre.

Gabriela Nari | Editora de Suhijo.com

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